- Palabrejas, palabrejas, palabrejas.
- Un esputo sobre esta piedra sería más refrescante que toda tu puta sombra.
- Palabrejas.
- Maldigo a tus muertos y maldigo tu puta estampa.
- Palabrejas.
- Te maldigo.
- Palabrejas, palabrejas, palabrejas.
- Y que no paras, y te seques, y se seque tu estirpe.
- Y que si tu estirpe no se seca que se pudra.
- Que nada te recuerde.
- Y que te cagues.
- Palabrejas las tuyas.
- Mentiras de mentiras.
Eso y otras cosas decía ella, sentada en el banco de la plaza, mirando para arriba, hacia el balcón de la Municipalidad todo lleno de cagada de palomas.
Hacía calor, calor de siesta.
- Mentiras de mentiras. Eso es lo que es todo.
Escupía entre los pies y los escupitajos crepitaban sobre las baldosas y temblaban y se desvanecían.
- Mentiras de mentiras. Eso es todo.
Y las lágrimas le corrían por la cara y le dejaban unos dibujos extraños, como deltas, en las mejillas gordas.
La sombra de la torre de la Iglesia empezó a cruzar la calle.
Le acarició las sandalias y al fin le cubrió las pantorrillas.
Así que tuvo que pararse y empezó a caminar por la sombra de la torre de la iglesia cruzando el asfalto gris como por un puente.
Al fin la sombra de la Iglesia la abrazó, y el viento fresco que solo corre por el portal de los templos agitó las polleras de gitana.
60 metros a la derecha alguien cerró la puerta del Municipio.
Ella entró a la Iglesia por la puerta de la derecha. Hundió las manos en la pila de agua bendita y después hundió la cabeza tratando de que el agua le llegara a las orejas.
Con los ojos mojados de agua bendita caminó como una novia por el pasillo central acercándose al dios del altar.
Bendita sombra.
Iba goteando agua bendita y rezando y al llegar al altar subió los escalones y se fue derecho adonde siempre le dijeron que estaba Dios hecho pan y vino.
Abrió las puertitas del misterio y no había nada. Pero ya lo sabía porque nunca había nada. Los curas se comían hasta el último resto de Cristo.
Metió las dos manos ahí, juntas, y las dejó un ratito. Lo justo para un Ave María.
- Que tu puta cara se me olvide y se me olvide tu traición - dijo - que se me olvide tu traición.
Cerró la puertita.
Se sentó, cansada, en el sillón del celebrante. Y vino el sueño y la durmió.
Cuando el cura apareció para preparar la misa la encontró dormida. La había visto cientos de veces en la plaza y cientos de veces la había visto entrando y saliendo de la iglesia. Y sin embargo era ella y no era ella. Se veía en paz.
Cuando se despertó todo estaba a oscuras. El atardecer había caído sobre el pueblo.
Al salir se encontró con el cura sentado en el atrio de la iglesia, muy de sotana, como en los viejos tiempos.
Dos o tres viejas le daban charla y el cura les contestaba con voz tenue.
- Muy buenas tardes - le dijo el cura.
- Muy buenas - contestó ella.
Se fue caminando por la noche cálida y perfumada del verano.
En la plaza se oían risas adolescentes.
Le dió por ser feliz. Había soñado que olvidaba pero había olvidado qué cosa había olvidado.
Respiró tan hondo que sintió que entraba el aire hasta la punta de sus dedos.
El negocio del turco todavía estaba abierto y la vidriera ofrecía muñecas y televisores y cubrecamas coloridos. - Es un lindo negocio - pensó.
- Un buen helado, eso me hace falta - se dijo.
Y empezó a caminar por la avenida hacia la luz rosa que la atraía, polilla vieja, hacia la luz.
lunes, 8 de julio de 2013
sábado, 29 de junio de 2013
Crueldad
Eran crueles.
Crueles.
Jugaban con los tres gatos ahogándolos por turnos. Los habían atado como matambres y luego los hundían en el agua estancada para sacarlos medio ahogados. Los dejaban tirados un rato sobre el pasto y después otra vez a ahogarlos. Por turnos.
Ya grandes hacían eso con la gente.
Usando la ley como hilo para coser a la gente como matambres hasta ahogar a la persona en problemas para sacarla boqueando y pidiendo piedad.
Así se fueron haciendo ricos y dejando matambres medio muertos en el camino.
Pero como hay cosas mucho menos evidentes que un gato ahogado la crueldad se fue colgando las ropas del éxito.
Esta noche allanamos el estudio de los doctores.
En el baño del sótano encontramos pelos de todos los colores y de varias especies.
Por los gatos ahogados no recibieron ninguna pena y por las niñas tampoco. Los gatos no le importaron a nadie y las niñas son hijas de ninguno. Estamos esperando que salgan para mostrarles el camino de la luz. Estamos esperando que salgan y quizá, creo yo, no quieran salir jamás.
Crueles.
Jugaban con los tres gatos ahogándolos por turnos. Los habían atado como matambres y luego los hundían en el agua estancada para sacarlos medio ahogados. Los dejaban tirados un rato sobre el pasto y después otra vez a ahogarlos. Por turnos.
Ya grandes hacían eso con la gente.
Usando la ley como hilo para coser a la gente como matambres hasta ahogar a la persona en problemas para sacarla boqueando y pidiendo piedad.
Así se fueron haciendo ricos y dejando matambres medio muertos en el camino.
Pero como hay cosas mucho menos evidentes que un gato ahogado la crueldad se fue colgando las ropas del éxito.
Esta noche allanamos el estudio de los doctores.
En el baño del sótano encontramos pelos de todos los colores y de varias especies.
Por los gatos ahogados no recibieron ninguna pena y por las niñas tampoco. Los gatos no le importaron a nadie y las niñas son hijas de ninguno. Estamos esperando que salgan para mostrarles el camino de la luz. Estamos esperando que salgan y quizá, creo yo, no quieran salir jamás.
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