Camionero.
Nunca pensó que ese sería su
oficio y su definición.
Fredy Mercuri no lo podría creer
si se lo contara y Charly le diría a dónde está Mariel.
Y los dos lo acompañarían durante
todo el trayecto, como es debido.
Tal vez si la ruta fuera menos llana
y la compañía menos complaciente hubiera decidido abandonar la ruta y olvidar
esa pseudo procesión que lo hermanaba con hombres tan distintos.
Sentía a veces que el cuerpo no
lo acompañaba durante los largos viajes, pero la parte de sí que menos lo acompañaba
era el alma, que se le ponía a veces a llorar por los rincones de un tiempo ido
en el que había sido demasiado joven y demasiado autocomplaciente.
Ahora los espejos le devolvían
una imagen mucho menos larguirucha que la imagen que tenía de si mismo, un
rostro de hombre de barba cerrada y unas
manos más rusticas que las que recordaba.
El lado oscuro de la luna se
volcaba por los parlantes como una marea y las siete esposas de Enrique VIII le
llenaban de oídos y el alma.
Si no hubiera sido por todos
ellos tal vez no hubiera elegido la ruta como destino, pero ellos estaban
allí. Haciéndole compañía. Una compañía para nada silenciosa.
En un cruce 40 km . antes del paso a Chile
la mujer hizo dedo.
El advirtió que no era una mujer
en realidad y pensó que buscaba un poco de plata a cambio de un poco de sexo.
En realidad paró porque la mujer que no era mujer le recordó
dolorosamente a Ricardo, cuando había dejado de ser Ricardo pero todavía no era
del todo Lola.
Pensó en preguntarle si quería
que la llevara a algún lado, pensando que en el fondo era un idiota porque ni
la mujer que no era mujer le creería.
Pero el paró para preguntarle si
quería que la llevara a algún lado y sorprendentemente ella-él le dijo que sí,
que necesitaba pasar a Chile.
Y el le preguntó si tenía
documento, y cuando ella le dijo que si le dijo dale, subí, vamos.
Era amena ameno para charlar.
Hablaron del pueblo del que
venía, del trabajo de el ella en la peluquería, del trabajo de él en el camión,
de lo embolante que era la vida al fin y al cabo.
El ella le contó que muchas veces
depilarse lo la agotaba. Le contó que
todas las mañanas se afeitaba con cuidado y se maquillaba con más cuidado
todavía, le contó que le encantaba comprarse ropa interior y soñar que algún
día se haría las lolas.
El le contó en cambio lo que le
había costado darse cuenta que Ricardo era felíz siendo Lola. Le contó cuanto le dolía ser solo camionero
cuando había soñado no sabía bien que pero no era ese solitario recorrer la ruta
de aquí para allá.
Le contó que a él también le
costaba afeitarse cada mañana, pero que le molestaba mucho más la barba
desprolija que lo volvía un tipo de cara sospechosa.